jueves, 8 de diciembre de 2016

QUIEN CONTROLA EL LENGUAJE TIENE EL PODER

Laurent Binet novela la muerte de Barthes en ‘La séptima función del lenguaje’



Fue la “muerte del autor” en el sentido más literal. En febrero de 1980, Roland Barthes salía de almorzar con François Mitterrand, a punto de convertirse en presidente francés y fan confeso de sus Mitologías, cuando una camioneta lo atropelló en plena calle. Un mes más tarde, fallecía en el hospital. El caso quedó cerrado, hasta ahora. A Laurent Binet (París, 1972) ese desenlace siempre le pareció sospechoso. Demasiado improbable para ser pura casualidad. Se puso a imaginar un crimen urdido por una confederación de universitarios y hombres de poder, temerosos ante el alcance de las teorías de ese pensador estrella. 

 De ahí surgió La séptima función del lenguaje (Seix Barral), su reválida tras el éxito de HHhH, en la que narraba el plan para asesinar a Reinhard Heydrich, el padre de la solución final. Su nuevo libro es, a la vez, un ensayo semiótico y un thriller policial con toques de comedia burda, donde el autor convierte en sospechosos del crimen a los teóricos del posestructuralismo, como Foucault, Derrida, Deleuze o Lacan, responsables de la revolución de las Humanidades que emergió en la Francia de los sesenta. Tampoco se olvida de Mitterrand y su archienemigo Giscard d’Estaing, obsesionados con la poderosa séptima función del lenguaje que da título a la novela, completando las seis que enunció el lingüista Roman Jakobson. 

 Pregunta. Más que sobre la muerte de Barthes, ha escrito una novela sobre el poder del lenguaje. 

Respuesta. En el fondo, el asesinato es solo un pretexto. El libro parte de esta idea: quien controla el lenguaje, tiene el poder. Y el del lenguaje es un poder absoluto, superior al de quien maneja un tanque o un bombardero. En el fondo, quien posee la autoridad es quien da la orden de lanzar la bomba.

 P. ¿Por qué introdujo a personajes reales en la trama? 

 R. Todo asesinato necesita sus sospechosos. En este caso, solo podían ser quienes formaban parte del entorno de Barthes. Si iba a hacerles intervenir, no podía ser solo a través de menciones gratuitas. Tenía que utilizar detalles y citas auténticas. El 75% de lo que Foucault, Derrida o dicen en el libro lo dijeron o escribieron en la vida real.

 P. Hubo quien se molestó. Dos de sus protagonistas, Philippe Sollers y Julia Kristeva, amenazaron con llevarlo ante los tribunales.

 R. Se lo tomaron peor de lo que imaginaba, aunque al final se hicieron atrás. Cuando entregué el manuscrito a mi editor, me pasó con el abogado de Charlie Hebdo. Entonces entendí que tenía un problema… [risas]. Solo me hicieron cambiar dos o tres cosas sin importancia. Nunca pretendí revelar nada sobre la vida privada. Por ejemplo, no me parece ofensivo describir a Foucault dentro de una sauna gay: todo el mundo conoce esa parte de su biografía, que él mismo reivindicó. 

 P. ¿Diría que esos pensadores son más admirados en el extranjero que en Francia? 

 R. No más respetados, pero sí más leídos. En mi país, no se ha entendido que admiración no es sinónimo de sacralización. Se les ha convertido en iconos intocables. Por ejemplo, yo cursé estudios de Letras sin leer ni una sola página de Barthes o Foucault. No es casualidad que, incluso en Francia, a esa escuela de pensamiento se la conozca con un nombre en inglés: French theory.

 P. En el libro alterna registros distintos. Mezcla altos conceptos de la lingüística y la filosofía con el suspense y la comedia. ¿Por qué? 

 R. Entre Racine y Shakespeare, suelo decir que prefiero al segundo, porque soy partidario de la mezcla de géneros. Escribo contra una idea rancia de la literatura, contra una representación obsoleta y autosatisfecha de lo que debe ser, que provoca que sigamos tragándonos libros escritos al estilo de Balzac y Chateaubriand. Fueron grandes autores, pero de eso ya hace dos siglos.

 P. ¿Por qué sigue molestando Barthes tantos años después de su muerte? 

 R. Porque es un intelectual de izquierdas, en un tiempo dominado por los ultraconservadores. Su objetivo fue decodificar y desmitificar el habitus pequeñoburgués. Demostró que lo que la burguesía consideraba totalmente natural era, en realidad, una mitología. Es decir, una construcción a su servicio. Pero que la gente siga queriendo matar a Barthes es buena señal, porque significa que todavía está vivo.

 P. La política ocupa un lugar primordial en el libro. ¿Fue al seguir a François Hollande para escribir su libro sobre la campaña presidencial de 2012 [Rien ne se passe comme prévu, inédito en España] cuando este libro tomó forma? 

 R. No exactamente, aunque lo que observé en la campaña me ayudó mucho. Estoy decepcionado con Hollande, porque todas sus medidas han sido de derechas. Sin ser un multimillonario, es alguien que demuestra una complicidad de clase, porque favorece los intereses de las personas a las que frecuenta. No soy determinista, porque Marx o Lenin fueron burgueses con la suficiente visión histórica. Hollande no la tiene. 

 P. Fue de los pocos que defendieron a la exprimera dama, Valérie Trierweiler, tras su ruptura. Le acusaron incluso de haber escrito su muy exitoso libro de memorias, Gracias por este momento.

 R. Fue solo un rumor para desacreditarla, del que yo me convertí en un daño colateral, porque es público y notorio que soy amigo de Valérie. La defendí porque las razones por las que la atacaron me parecieron incorrectas. Se dijo que su libro era obsceno y que deshonraba la función presidencial, cuando Hollande fue el primero en desacreditarla. El libro me parece una reacción humana y casi legítima. Como decía Beaumarchais, cuando el deshonor es público, la venganza también tiene que serlo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

JOLASTEN IKASI. GURUTZEGRAMAK

KONTZEPTU MAPAK. BUBBL.US

NUEVA SENSIBILIDAD PARA LA GRAN NOVELA

La FIL celebra sus 30 años apostando por autores que nacieron en la década de los ochenta, como la propia feria


Carlos Fuentes tenía 30 años cuando debutó con La región más transparente. Mario Vargas Llosa, 26 cuando publicó La ciudad y los perros. Desde que eso pasó en 1958 y 1962 respectivamente, ninguna generación de América Latina ha dejado de medirse con el rasero del boom, un fenómeno que empezó poniendo el Nuevo Mundo en el mapa de las letras universales y a punto ha estado de borrar de ese mapa todo lo no tocado por su onda expansiva. 

 La literatura latinoamericana es la invitada especial de la Feria del Libro de Guadalajara (México), que termina hoy, y uno de sus platos fuertes ha sido el programa Ochenteros, que ha reunido a 20 autores —10 mujeres, 10 hombres— de 13 países nacidos en la misma década que la FIL. Si los jóvenes de hace dos décadas tuvieron la necesidad dematar a los padres del inefable realismo mágico —fue el caso de los agrupados en la antología McOndo—, los ochenteros de la FIL han optado por ignorar a sus teóricos progenitores para buscar la compañía del abuelo (Borges) o de los tíos excéntricos (Manuel Puig, Silvina Ocampo, Fogwill y Roberto Bolaño). 

“La precocidad de La ciudad y los perros no es tanto un peso como una presencia fantasmal. No me mido con él”, dice la peruana Jennifer Thorndike (Lima, 1983), que acaba de publicar la novela Esa muerte existe (Literatura Random House) y descree, como sus compañeros, de las llamadas literaturas nacionales. “Me interesa más lo que se escribe en Chile y en el Cono Sur en general, que siempre tuvo mucha influencia en el Perú”. Aunque evita usar la palabra rechazo, Thorndike afirma que los autores de su generación han roto con “los moldes creados por el boom”: una narrativa atravesada por las vanguardias del siglo XX pero, en el fondo, heredera del realismo del XIX. 

“Hemos asumido la novela realista como si fuera algo natural y no una construcción de cuatro señores patriarcas”, abunda la boliviana Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), que con dos libros de cuentos —Vacaciones permanentes (El Cuervo) y Nuestro mundo muerto (Almadía)— se ha convertido en imprescindible para sus pares. “El realismo se volvió la medida de todas las cosas”, se queja antes de enmendar unas recientes declaraciones de Vargas Llosa. Según el Nobel de 2010, los jóvenes se han despolitizado y, además, ya no quieren escribir la gran novela latinoamericana: se han volcado en la intimidad. “No quieren, cierto”, concede Colanzi, “pero ¿por qué esa obsesión de que sea el tema el que define la ambición de una obra? También a Rubén Darío y a los modernistas los llamaron afeminados por hablar de cisnes y reyes. Tal vez la ambición sea revolucionar la sensibilidad. La forma es tan política como los temas”. “Lo íntimo es político”, subraya también Thorndike, “porque investiga en la estructura de lo que somos y de las etiquetas que se nos vienen encima: mujer, blanca, peruana… Hay novelas que creen tratar los grandes temas y no hacen más que seguir la historia oficial de los grandes temas. La literatura debe cuestionar siempre”. 

Por su parte, Carlos Fonseca (San José, 1987), que nació en Costa Rica, se crio en Puerto Rico y ha ambientado en los Pirineos franceses su novela Coronel Lágrimas (Anagrama), se pregunta si ambición no significa hoy globalización: “2666 sería la novela global de estos tiempos porque se construye no a la manera clásica sino mediante puntos de intensidad que, como Ciudad Juárez, podrían parecer periféricos”. Discípulo de Ricardo Piglia en Princeton, Fonseca pondera a Bolaño como el autor que mejor ha narrado “no la globalización sino su malestar”. De paso recuerda la ya clásica definición según la cual la globalización no es más que una mezcla de capital e información porque el resto es solo “control de daños”. Esos daños —políticos, sociales y familiares— atraviesan los cuentos de Qué vergüenza (publicado en Chile por Hueders y en el resto de países por Seix Barral), un primer libro que ha convertido a la chilena Paulina Flores (Santiago, 1988) en una de las revelaciones del año. Para Flores, la propia idea de “obra joven” es cosa del mercado: “Esa presión se nota en todos los ámbitos. Todo tiene que ser rápido, instantáneo, como en Internet”. No obstante, reconoce sus contradicciones: la democratización de la información es la que ha hecho que las mujeres —la mitad exacta de estos ochenteros— hayan cobrado un protagonismo que antes no tenían: “Hace 20 años yo no estaría aquí”.

 El chileno Alberto Fuguet (Santiago, 1964) recuerda que cuando lanzó la antología McOndo en 1996 tuvo que recurrir a las embajadas de los distintos países para encontrar información sobre jóvenes latinoamericanos que hablaran de ciudades, rock y cine: “No conocía escritoras, pero es que tampoco conocía a nadie que viviera en Bolivia”. Hoy el panorama es otro. Los libros circulan gracias a la Red y los escritores, gracias a los festivales. “Nuestros padres tuvieron la revolución cubana; nosotros, la revolución digital”, dice el argentino Mauro Libertella que nació en México en 1983 durante el exilio de su familia y ha escrito dos libros autobiográficos: Mi libro enterrado (Mansalva) y El invierno con mi generación (Literatura Random House): “Internet nos llegó con 15 años y dejó encapsulada nuestra infancia analógica, por eso escribimos de ella con cierta nostalgia”. 

En el imaginario de los ochenteros la cultura de masas ya no es un tema sino parte de su educación. “Todos compartimos los mimos memes”, dice Ave Barrera (Guadalajara, México, 1980), cuya primera novela, Puertas demasiado pequeñas (Alianza), acaba de salir en España. Para Barrera es justo la homogeneización la que hace que las voces individuales cobren mayor relevancia, “como cuando cambias de país, ves que se parece al tuyo pero los grifos funcionan distinto”. Pese a su presente digital, el pasado analógico de los ochenteros los hace mantener un pie en la tradición literaria. Por eso tienen curiosidad por sus hermanos menores. “Tengo curiosidad por saber qué escribirán los que nacieron con Internet porque algo distinto va a salir de ahí, nuevas formas y nuevas sensibilidades”, dice Liliana Colanzi. “Puede que alguna chiquita se rebele contra nosotros, que andaremos diciendo, como hoy Vargas Llosa: ‘Ay, estos jóvenes. Ya no quieren hacer la gran novela corta de… 70 páginas”.

EDUARDO MENDOZA, EL CERVANTES DE LOS PRODIGIOS

“La virtud y el defecto de mis libros es que son cómodos de leer”, dice el autor laureado


Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), el último premio Cervantes, ha vivido los últimos 50 años con la sensación de que las esperanzas puestas en él tras su primera novela “iban a quedar frustradas”. Así lo reconoció ayer en Londres, con el humor y la humildad que ha cultivado durante tanto tiempo, horas después de conocer que había sido distinguido con el galardón más importante de las letras hispanas. Un reconocimiento que, asegura, recibe “a modo de conclusión”. “Hoy, con este premio, puedo decir que las cosas han salido bien. No es que no vaya a hacer nada más, pero considero esto como un final de trayecto. Un final de trayecto feliz”, explica. 

El jurado del premio ha destacado al escritor por inaugurar en 1975 una “nueva etapa en la narrativa español” con la publicación de La verdad sobre el caso Savolta, que devolvió al lector “el goce por el relato” con una lengua “llena de sutilezas e ironía”. 

 “Por su importancia, este premio cierra un ciclo”, destaca el autor. “He tenido mucha suerte siempre con los premios. Mi primera novela recibió el premio de la Crítica, con todo su aparato publicitario. De modo que mis principios fueron casi violentos: fui catapultado de la nada a ser muy conocido. Así que he vivido todo este tiempo pensando que esas esperanzas iban a quedar frustradas”. 

 Mendoza vive a caballo entre Londres y Barcelona. Ayer se encontraba paseando por la capital británica —“hace años compré un apartamento y siempre que puedo vengo con la intención frustrada de estar tranquilo”— cuando recibió la noticia. Una llamada desde un número oculto que resultó ser del ministro de Educación, Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo. “Lo primero que he pensado es: ¡madre mía, qué apuro, y no está Carmen Balcells!”, señala, recordando a su añorada amiga y agente, fallecida hace poco más de un año. Entre llamadas y la organización del encuentro con periodistas en la nueva sede londinense del Instituto Cervantes, Mendoza no tuvo mucho tiempo para pensar. Pero reconoce que una ocasión así le lleva a uno a “hacer balance”.

 Recordó, por ejemplo, aquellos primeros años que pasó en el swinging London de finales de los sesenta, en los que siendo un veinteañero quedó “atrapado de por vida en el feo vicio de la anglofilia”. En aquel Londres, al que Mendoza llegó de estudiante, descubrió que quería ser escritor. Y el filólogo Carlos Clavería, entonces al frente del Instituto de España, maestro con el que el joven Mendoza paseaba por Easton Square, le desanimó. “Me veía lleno de entusiasmo”, rememora. “Me dijo que tenía un camino muy largo por delante y me veía muy acelerado”. 

 El jurado del premio, que precisó cuatro votaciones para dar con el ganador por la cantidad y calidad de los candidatos, destacó “la estela de la tradición cervantina” en Mendoza y el autor, como no podía ser de otra forma, reconoce la deuda. “Cervantes ha tenido una enorme influencia en mí como escritor y como persona”, asegura. “Cuando leí el Quijote, en el Preuniversitario, me quedé inmediatamente abducido. Me di cuenta de que se puede escribir literatura sin perder la sonrisa, estando a gusto con las personas. Todos queríamos ser malditos, pero entonces comprendí que el escritor no tiene por qué ser alguien maldito o marginal. Lo que caracteriza a Cervantes es la sencillez, la elegancia y el buen rollo. Y si yo tuviera que elegir un lema, bien podría ser ese”. 

 El Cervantes a Eduardo Mendoza es un reconocimiento al humor en la literatura. “Hasta hace relativamente poco el humor ha estado mal valorado”, defiende el autor. “Siempre se ha pensado que para ser bueno tenía que ser dramático. Era inútil recordar que grandes obras como el Quijote, el Lazarillo y otras de Quevedo, Moratín y Dickens han sido escritura básicamente de humor. Pesaba mucho la tradición de la novela del siglo XIX, pero ahora se empieza a ver una revisión de esos criterios”. 

 Un poco desubicado en el mundo que le toca vivir, como algunos de sus célebres personajes, Mendoza dice vivir felizmente al margen de las redes sociales. Fueron los periodistas quienes le comunicaron que había llegado a ser trending topic en España, con la particularidad de que apenas suscitó críticas entre los internautas. 

 En un momento y un país en que cualquier acontecimiento divide al país, el Cervantes a Mendoza mereció ayer elogios casi unánimes. Pero su simpatía, defiende el autor, “no es deliberada”. “No he hecho nada especial para granjeármela”, reconoce. “La virtud y el defecto de los libros que escribo es que son cómodos de leer. A veces pienso que no tienen gran valor, pero luego creo que lo tienen y mucho. No por mérito mío, sino porque recibo muestras de simpatía y gratitud de los lectores a los que determinado libros míos les sirvieron de alivio o de consuelo, o simplemente les hicieron pasar un buen rato”. 

 Una cumbre de su carrera

 Si ha habido un personaje mendociano que ha conectado con los lectores ese es sin duda Gurb, el extraterrestre que aterrizó en Cerdanyola y se perdió en una Barcelona “optimista y feliz” que hoy el autor añora. El personaje fue creado para una serie que se convirtió en Sin noticias de Gurb (1991), un libro que supuso, recordaba ayer, “una cumbre” en su carrera. "Es el que me convierte en un escritor de humor, un autor leído por niños, adolescentes y otras personas de mal vivir. Sin noticias de Gurbme ha abierto puertas insospechadas”. 

 Otro título importante, del que no quiso olvidarse ayer fue El misterio de la cripta embrujada (1979), su segunda novela. “El libro me destapó la posibilidad de escribir un tipo de literatura más callejera”, apunta. “Igual que La ciudad de los prodigios (1986) marcó un giró en mi carrera”, añade. Y, por supuesto, la primera, La verdad sobre el caso Savolta. Mendoza reconoce que cada vez lee menos novela. “Y cada vez me duermo más cuando me pongo a leer”, bromea. Pero, investido de la autoridad del premio Cervantes, quiere romper una lanza a favor de la literatura de su país: “No se me ocurre ningún otro país actualmente que tenga la misma fuerza que la literatura en español ¿Quiere decir que está muy bien? No. ¿Quiere decir que otras están peor? Sí”. Él, por su parte, está ya de retirada. Una retirada por la puerta grande del Cervantes. “Uno va cumpliendo años y llega un momento en que decide retirarse. Yo estoy pensando en hacer una retirada discreta, ahora que he ganado la Champions”.

KAFKA, UN TIPO EXTRAÑO SEGÚN LAS MUJERES

El estudioso de la obra del escritor checo Reiner Stach presenta su monumental biografía



Fue el domingo 17 de noviembre de 1912 cuando Franz Kafka experimentó la sensación de no poder levantarse de la cama, de no querer ni poder hacer nada, deprimido por no obtener respuesta de su amada Felicia y por el peso de arrastrar la novela El desaparecido, que no arrancaba. La imagen del hombre degradado a animal, a insecto que no sirve para nada, la venía oyendo desde pequeño porque era un exabrupto asiduo de su padre; también hacía poco que su amadísima hermana Ottla se había puesto por vez primera en contra suya por su escasa implicación en la fábrica familiar; con el tiempo, afloraría también una latente fobia a los ratones, eso sin contar que había leído El Kondignog, relato de un danés, Johannes V. Jensen, donde una persona muta en horrendo y prehistórico animal… Todo eso condicionó y condujo a una de los relatos claves de la historia de la literatura, La transformación. Y detalles así solo puede conocerlos en la Tierra el alemán Reiner Stach, que ha dedicado 19 años de su vida a saberlo absolutamente todo sobre el escritor checo, sapiencia que ha plasmado en su monumental (de forma y fondo) Kafka, 2.360 páginas que ahora publica en dos tomos estuchados Acantilado. 

 Stach (Rochlitz, 1951), quizá tan “perfeccionista compulsivo” como él mismo define a su biografiado, se remonta hasta la Batalla de la Montaña de 1620 para entremezclar, en una biografía ejemplar, vida, obra, análisis literario, retrato psicológico, historia y sociología para no dejar zonas oscuras de Kafka. “De pequeño pisaba adoquines con cruces que recordaban los ejecutados de esa batalla; gracias a ella, su familia pudo emigrar desde el Este a Austria”, fija un biógrafo que no duda en romper mitos, como el del albacea salvador de una obra que Kafka dejo escrito que ardiera a su muerte. “Su amistad es un gran misterio porque eran muy distintos; además, no podemos fiarnos de Brod porque tergiversa mucho: dice que adoptó a Kafka como amigo pero fue al revés; como editor, una vez decidido a no destruir la obra, tomó algunas decisiones catastróficas: la edición de las obras era muy provisional, como al principio admitió, pero es que luego acabó regalando los manuscritos a su última secretaria, que los fue vendiendo y dispersando; es absurdo: salvó dos veces, del fuego y de los nazis, el original de El proceso y luego lo acabó regalando”. 

 Tampoco es Kafka en su opinión un personaje tan rarito. “Hay una veintena de relatos de personas que le conocieron y ninguna deja constancia de que fuera desagradable o extraño; al contrario: era encantador, simpático, quizá un poco infantil y naïf, y muy querido por sus compañeros de oficina... La imagen y la descripción de tipo extraño vino dada por algunas mujeres, a las que decepcionó, en buena parte porque nunca les decía las cosas claras: se debatía entre casarse y los ataques de pánico de pensar que con esas ataduras no podría escribir nunca más; especialmente ese retrato se debe a Milena Jesenská, que dijo de él que era un santo que vivía en un mundo equivocado, ‘un desnudo entre vestidos’: imagen bonita, pero equivocada porque Kafka era muy sensible, pero no un ser indefenso”. ¿Y ese masticar 70 veces antes de tragar; ese poco activo sexualmente pero con seis amantes y asiduo de prostíbulo, por ejemplo? “Sin duda era un hombre singular, con algún tic neurótico, como inspeccionar siempre todos los colchones para ver si estaban limpios, o hacer gimnasia milimétricamente como indicaban las ilustraciones, pero era fruto de que todo lo quería hacer perfecto, sin mácula”. 

Ese afán cartesiano, en cambio, amén de llevarle a destruir la mayor parte de su obra, era antitético a su proceso de trabajo literario. Stach expone, tras cotejar los originales con las cartas y los diarios, que la producción de Kafka va como los oleajes del mar: trabajo obsesivo en pocas semanas, generalmente a raíz del chispazo de una imagen muy pictórica basada en acontecimientos reales, para retraerse luego en semanas o meses de sequía creativa, como si el almacén lleno se fuera agotando de ideas. ¿Explicaría eso la incapacidad de Kafka por haber concluido nunca una obra larga, en el marco de una producción que en un 90% dejó inconclusa? “Una novela no se improvisa, se planifica; sólo hace falta leer los diarios de Thomas Mann: escoge un tema, luego la trama, los protagonistas, investiga temas históricos relacionados y luego escribe; es la antítesis de Kafka, que sólo hizo algo parecido una vez, en América; si se miran los originales de El castillo, por ejemplo, se ve que no sabe qué hacer con los tres personajes, es imposible si no se ha planificado y menos aún intentar hacerla de una tirada”.

 Es el biógrafo de los que creen que La transformación es un texto con gran sentido del humor. “La mezcla entre lo horrible, lo triste y lo cómico es nueva, se la inventa él, ningún autor antes la había experimentado, sólo más tarde lo veremos en Samuel Beckett… Kafka, tras lo asqueroso de idear un insecto de casi dos metros, inmediatamente introduce lo cómico: esto le ha pasado, dice el protagonista, porque duerme poco, que trabaja mucho y hay gente que lo hace muncho menos, pero que, en fin, que se ha de levantar porque ha de ir a la estación…, cuando el lector ya sabe que no podrá salir de la cama; y en El proceso ocurre algo similar, se mezcla comicidad y thriller: alguien despierta y se ve rodeado en su cama por gente uniformada que le comunica que ha sido detenido… y para arreglar el entuerto, al detenido sólo se le ocurre enseñar su carnet de ciclista…”. Cree Stach que los profesores de instituto “son estúpidos: deberían mostrar ese Kafka humorístico y no empeñarse en el lúgubre; lo que hay que dar a conocer son sus cartas y sus entradas de diario…”. 

 El Kafka más tétrico se refuerza con la interpretación que se hace de En la colonia penitenciaria, leída por estudiosos como profecía del Tercer Reich y del Holocausto. Nada más lejos: “Ese título es una excepción en su obra; no hay ni una pizca de humor, describe torturas y procesos muy desagradables… Todo eso ya lo ha visto Kafka con la Primera Guerra Mundial, no necesita de un Tercer Reich”. Lo que no quiere decir que la relación de Kafka con la historia coetánea fuera voluble o frágil como parecería indicar su mítica entrada de diario del 2 de agosto de 1914: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. “Nunca estuvo desconectado; ocurre que hablaba todo el día en todas partes de ello y él necesitaba su ámbito personal; es poco habitual que recogiera este tipo de episodios; es más, es el único acontecimiento así que aparece. No lo hace ni el final de la guerra”. 

 De Kafka, Stach tenía contabilizados en 2003 más de 130.000 webs que giraban a su alrededor. “Ahora se ha de multiplicar por 10”, dice quien cree que la literatura de Kafka se la comprende hoy más que en su época: se le ha leído más ideológicamente, desde la religión o el psicoanálisis o el existencialismo y, en cambio, ahora se le lee más literariamente, se ajusta más a lo que quiso ser: un artista y no un politólogo o un teólogo”. ¿Y dejó alguna lección moral o política su obra? “Si miramos La condena o El castillo vemos que las dos víctimas lo son fruto de la crueldad de instancias superiores; pero una lectura más atenta de los textos te demuestra que tanto Joseph K como K se convierten en víctimas porque cooperan con el gobierno; la lección de Kafka es: no hay que cooperar… Es que Kafka es un individualista; sus personajes son víctimas cuando colaboran… Un gobierno depende de la cooperación de los otros; y eso, en este siglo XXI, se ve claramente: todas esas injerencias en nuestra intimidad, ese control de cámaras y de vigilancia en Internet y de los e-mails sólo les funciona si abandonamos voluntariamente nuestra intimidad”. Gran Kafka.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El "skater" gallego que se quedó ciego y sigue patinando

Marcelo Lusardi no se ha bajado de su ‘skate’ pese a perder la vista. En esta entrevista nos cuenta su historia


Conocí la historia de Marcelo hace aproximadamente un año, a través de un amigo en común de esos que sabes que estando a su lado todo te irá bien. Por eso hoy no me sorprende descubrir que efectivamente a Marcelo le ha ido bien, muy bien, gracias a ese y a otros muchos colegas que le convencieron de que haberse quedado ciego no le impediría seguir patinando. “Ahora lo veo todo diferente. Tengo menos y miedo y más seguridad en mí mismo”, explica con una madurez sorprendente para un joven de 18 años. 

Tras perder repentinamente la visión por una enfermedad llamada neuropatía óptica de Léber, este gallego nacido en Argentina venció la depresión, se armó de valor y bajó a la plaza con su skate y su bastón blanco para recuperar el equilibrio y poco a poco saltar escaleras y grindar bordillos. Me lo cuenta tranquilo, entero, sin dramas ni moraleja, como los héroes de verdad. Y yo, al otro lado del teléfono, disimulo como un idiota mis lágrimas de admiración.

 “Me llamo Marcelo Lusardi, soy skater y soy ciego”. Así comienza The blind rider, el minidocumental del que estrenamos aquí un tráiler y que se proyectó el pasado sábado 26 de noviembre en Santiago de Compostela. Desde el día 28 está disponible online en el canal de Runa Studio.

 ¿Cómo recuerdas el momento en el que comenzaste a perder visión?

 Fue en las fiestas de San Juan, en junio del año pasado. Noté que veía raro, que brillaba bastante la hoguera, la veía diferente. Pensé que tendría las gafas sucias o algo. Me las limpie y, coño, seguía viendo chungo. Probé a taparme un ojo y por el izquierdo veía bien, pero por el derecho había una especie de mancha sin visión central. 

Y pasado el tiempo, ¿esa mancha no desaparecía? 

 No. Pasaron dos semanas y cada día me levantaba y seguía viendo chungo. Me daba miedo ir al médico porque pensaba que me iban a encontrar algo chunguísimo. Fui a la óptica, porque usaba lentillas, y me dijeron que podía ser muy chungo. Fui al oftalmólogo y me dijo que era una lesión en el nervio óptico, pero como si nada. Me dijo que fuera a urgencias pero a la vez que, con medicación, se iría en dos o tres meses como mucho.

 ¿Qué te dijeron en el hospital? 

 Mis padres pidieron cita para el neurólogo y me dijo: “¡buah, qué raro!”. No había tenido ningún cambio en todo ese tiempo y decidió ingresarme para ver más detalles. Me hicieron dos o tres TAC, una punción lumbar… estuve unas semanas muy jodido. Medicaciones, tumbado en cama, corticoides, antiinflamatorios y mil rollos que me metían por las venas. Me decían que se me iba a pasar, pero seguía pasando el tiempo con esa puta mancha en el ojo derecho. 

 ¿Cuánto tiempo estuviste ingresado?

 Hasta agosto que ya salí de hospital. Me pasé el resto del verano quejándome. Pregunté si se me podía pasar al otro ojo y me respondieron que no, que ni del palo, nunca lo olvidaré. En octubre empecé un curso de azafato mientras acababa el Bachillerato y empecé a notar que luces artificiales las veía superbrillantes y me molestaba. Fui al médico de cabecera, pero me dijo que no hacia falta ir a urgencias. Y el 1 de noviembre la puta mancha del ojo derecho ¡también en el ojo izquierdo! En cuestión de minutos. 

Qué horror. 

 Sí, urgencias otra vez. Ingresado de cabeza. Otra punción lumbar, mil estudios, sin poder levantarme de la cama, todo chungo. Los médicos flipando: “pensábamos que tenías otra cosa, pero no es normal que te pase esto”. Un día otra oftalmóloga del hospital quiso verme y me revisó en general y dice que lo mío parece un caso de Léber, una enfermedad muy rara. Que no cree que la tenga, pero los síntomas son los mismos. Y los otros médicos: “qué va, qué va”. Claro. Me hicieron un análisis genético porque es una enfermedad mitocondrial hereditaria y salió que tenía neuropatía óptica de Léber. Fue el 24 de noviembre, coincidiendo con mi cumpleaños. Y, aunque fue muy duro, en parte me tranquilizó porque llevaba sin saber lo que me pasaba desde junio. A partir de ahí, cada mes me hacían seguimiento oftalmológico y dejé de ir a clase.

 ¿Te daban esperanzas de recuperación? 

 “Me hicieron un análisis genético y salió que tenía neuropatía óptica de Léber. Fue el 24 de noviembre, mi cumpleaños. Y, aunque fue muy duro, en parte me tranquilizó porque llevaba sin saber lo que me pasaba desde junio” La oftalmóloga me dijo que hay unos casos que empeoran y otros que mejoran o se va. Estuve deprimido sin hacer prácticamente nada. Veía lo suficiente para moverme, pero no podía ni ver la tele, ni jugar a la Play, ni nada. Me metí en la ONCE y conocí a un par de personas ciegas, me di cuenta de que ser ciego te da otro punto de vista de la vida pero seguí súper deprimido. Empeoré bastante. Un montón. Pero ya fue el socavón máximo y dije: “soy ciego me cago en Dios”. Llevaba tanto tiempo deprimido que eso, en vez de deprimirme, me echó hacia arriba.

 ¿En qué momento comienzas a usar el bastón para moverte? 

 Eso fue cuando vino a verme una amiga de mi madre que es ciega y me explicó que hay mucha gente ciega que hace vida normal, estudia, tiene carrera, altos cargos, familia, hijos, vive la vida como el que más… Fue ella la que me enseñó a usar el bastón. El primer día que lo saqué fue con ella, iba todo acojonado. Cuando se fue y la acompañamos al aeropuerto, al volver le pedí a mis padres que me dejaran en la plaza con mis amigos. 

 ¿Cómo reaccionaron tus amigos al ver que habías empeorado? 

 Les conté todo, que había dejado de ver un montón y ya casi no veía nada. Me puse a llorar todo lo que tuve que llorar. Me apoyaron a la primera. Su respuesta fue “¿Qué más da? Tráete el patín mañana y patinamos. Al día siguiente dije: “Bueno, ¿por qué no? Me imagino todo lo que me haga falta y punto”. Hablé con mis padres, les conté que echaba de menos patinar porque es algo que había dejado de hacer, pero que me hacía sentir muy bien. Se acojonaron porque supone un poco de riesgo. Me dijeron que fuera con cuidado, con mucha precaución. Yo también tenía miedo, por supuesto. 

¿Qué sentiste al bajar de nuevo a la plaza con tu skate? 

 Nada más verme, vinieron todos a abrazarme corriendo. Mi vieja llorando que flipas. Imagínate. Primero empecé a intentar trucos básicos de suelo, ollie, saltar… ir probando. Al principio tenía cero equilibrio, iba buscando colocarme dentro de la tabla y fijarme tocando, que es algo que nunca había hecho. Trataba de hacer las vueltas, preguntando a los que estaban conmigo si daba la fuerza correctamente, midiendo, reaprendiendo, un proceso lento. Me atreví en rampa, quarters pequeños, seguí patinando y la peña flipando. En junio me animaron a saltarme un par de escaleras no muy grandes. Joder, bueno, yo me lo llevaba planteando tiempo. Me cundía hacer gaps, escaleras, pero me daba miedo. Me subí y me vi bien, porque es como un pasillito estrecho y tocaba cada extremo, me imaginaba las líneas. Hice el recorrido un par de veces y le dije a un colega que me avisara al llegar a un punto y ahí saltaba. Hicimos un montón de intentos, pero no me fiaba. Al final me lo acabé haciendo. ¡Me sentí tan vivo! Hice algo que nunca pensé que podría hacer sin ver. Gracias a mis colegas, Javi, Nahikari, Troglo… mis padres y toda esa peña. Actitud de tirar palante. Poco después viajaste a Vigo, al festival O Marisquiño. “La gente me decía: “¡qué guapo, patinas sin ver!”. Un día que ya era casi de noche, un colega me animó a saltar las escaleras de la Estrella. Lo caí y de repente mazo de gente dijo “¡‘buah’, qué ‘jevi’!” Eso fue lo que me subió más la moral en toda mi vida. Lo viví superdivertido, patinando con los chavales, la gente me decía: “¡qué guapo, patinas sin ver!”. Un día que ya era casi de noche, un colega que se llama Bribas me animó a saltar las escaleras de la Estrella. Va, va, va, me engorilé todo, pillé referencias, medí la distancia y me puse a darle. Lo caí y de repente mazo de gente dijo “¡buah, qué jevi!”. Yo no lo sabía, pero estaba casi toda la plaza llena. Fue la apoteosis. Y allí conocí a Carlos, que me propuso grabar un vídeo sobre mi vida y la experiencia que tuve y sigo teniendo. Me cunde mucho, porque hay mucha gente que tiene problemas y se complica con tonterías y teniendo en cuenta mi experiencia puede ser que le sirva de ayuda. Lo que más me gusta es patinar y tocar la guitarra y yo sigo patinando y tocando la guitarra. 

 ¿Qué métodos o trucos has desarrollado para patinar sin ver?

 He desarrollado orientación a muerte. No me puedo mover con la misma libertad y para hacer truco de suelo me muevo por la plaza. Mola porque se escucha todo un montón, me entero de si la gente viene o va. En donde patinamos sé dónde están los elementos y la gente. Para grindar en bancos y así desarrollé una técnica con el bastón un poco pegado a la punta del bordillo. No es muy cómodo pero me funciona para coger velocidad y en el momento de saltar hacia el bordillo apartar el bastón y meter el truco. Antes de empezar, hago un par de intentos probando, metiendo solo un pie y saber guay calcular la distancia. Si falla un centímetro me puedo comer una hostia bastante potente.

 ¿Qué tal te encuentras de ánimo en este momento? 

 Más motivado y con más alegría. Tengo bajones, hombre, normal. Más de un año sin ver. Pero cuando estoy bien, estoy muy bien. Siempre procuro estar animado y estar con mis amigos y procuro no pensar en lo malo porque no vale de nada, literalmente. Fui a Munich para ver si entraba en un ensayo clínico que te hacen una inyección en los ojos de un virus con un gen que es el que a mí me falla. Pero al final no me pillaron. Conocí a un tío que entró y nota mejoría, así que tengo esperanzas de mejorar al menos un mínimo. Además de en la ONCE, me metí también en la Asociación Atrofia del Nervio Óptico de Léber (ASANOL). Eso me subió mucho más la moral. Me quedaba algo por rellenar. Conocer gente de mi edad con mis dificultades y todo ese rollo. Eso me ayudó un montón. 

¿Conoces a otros skaters ciegos como tú? 

 Sé de un chaval de Estados Unidos que se quedó ciego muy de pequeño, a los dos años. Ojalá algún día pueda hablar con él. Como está tan lejos no sé si se dará el caso. Es asombrosa la energía que desprendes al contar tu historia. No sé, a veces tengo la sensación de que tuve que perder la vista para darme cuenta de quien soy y qué es lo que quiero hacer. La gente a veces tiene problemas y se cree que es el fin del mundo , pero no sé, en el fondo se puede salir de esos problemas. Todo tiene solución en la vida. Yo patinaba, me quedé ciego y sigo patinando. Igual no lo haces tan bien como antes, está claro, pero lo puedes hacer y dejar a la gente flipando.